Artículo publicado en el número 6 de la revista del Café filosófico "Flor de Retama", en Ayacucho, Perú.
“Ah, si el comunismo fuera percibido al igual que un aprendizaje de la duda y no, como lo creen algunos dogmáticos resumidos al solo amontonamiento de certidumbres, salmodiadas, vociferadas mientras se espera con paciencia la llegada de la mañana del “grand soir”. Anarquistas o estalinistas, han hecho de esa esperanza una religión, con su liturgia, su catecismo, sus peregrinajes, sus fiestas patronales, su buena consciencia y sus ridículas beaterías.”
Jann-Marc Rouillan, « Glucksamschlipszig, le roman du Gluck », L'esprit frappeur, 2003. (La traducción es mía)
Al llegar en Ayacucho, me encontré con personas cuya experiencia de vida me dejaron sorprendido. A uno, su enamorada le echó gasolina y le prendió fuego, por no acordar con sus ideas políticas. La otra había pasado su infancia durmiendo en grutas con sus parientes; más tarde, cuando llegó a la edad de ser reclutada como compañera o de ser acusada de terrorismo, la mandaron a Lima. El tercero se había quedado años encerrado en su casa por miedo de que lo maten los policías borrachos que caminaban de noche en la ciudad. Cada historia parecía un cuento, trágico o cruel, a veces fantástico – más tarde me enteré que al primero no le había quemado su enamorada pero sí había sido por razones políticas –, pero un cuento nacido no del delirio de un escritor, sino de la realidad de una sociedad posguerra, en la que todavía se encontraban abiertas las heridas del pasado.